miércoles, octubre 10, 2012

Segundo día en Calgary


Después de dormir en el departamento de juguete de Iván, lo de juguete es por que en realidad por las condiciones climatológicas las casas necesitan conservar el calor, entonces son de materiales aislantes como tablaroca y madera. También una cuestión que noté fue que todas las habitaciones tienen calefacción y no usan gas para cocinar, sino energía eléctrica. Me asomé por la ventana y me sentí con mucho espacio y tranquilidad, pues a comparación de donde vivo, aquí la constante son árboles y más árboles, casi no hay tráfico, ni ruido. Me metí de nuevo a la cama de huésped a cuchichear en la internet y darme uno que otro taco de ojo, cuando tocan a la puerta, no contesté y volvieron a tocar. De pronto la puerta se abrió de par en par y entró el casero y amigo de Iván. Afortunadamente no me había clavado en los tacos de ojo, sino las consecuencias hubiesen sido no muy agradables. El casero, cuyo nombre es Roy, es un cabrón norteño de Coahuila que estudió abogacía en su natal estado y una maestría en Calgary, posteriormente encontró el amor, tuvo hijos y se naturalizó Canadiense.
-Perdón, es que Roberto me preguntó que si andabas por aquí- dijo el casero. Me levanté de la cama, lo saludé y le dije que fluyera, luego le pregunté sobre que cosas me recomendaba hechar un ojo cerca de la casa. Me dijo que caminara hacia el Bow river y que ahí había muchos parques. Luego me dijo que si le daba el alcance a Roberto en el Starbucks del Market Mall. Me vestí en chinga para aprovechar la caminata para tomar algunas fotos, sabiendo que haría frío me puse sueter, chamarra y bufanda, bajé del apartamento y me despedí del Roy.
Caminé un rato en dirección hacia el río Bow atravesando por la calles llenas de árboles y comencé a sentir un viento frío que empezó a calarme las manos y el rostro. El cielo empezó a nublarse más y empezó como a chispear, yo estaba sorprendido por la cantidad de árboles y casas pequeñas que había por doquier. Una traza muy ordenada, llegué al río y al "pequeño" parque que enmarca su rivera. Una de mis primeras sorpresas pensando en mi ciudad es que el río no olía mal y no había nada de basura en él, el agua era cristalina. Me quedé sorprendido, pues hasta ese momento había pensado que era una constante humana el ensuciar los ríos, al menos en las ciudades. Seguí caminando con dirección al Market mall, no sin antes medio perderme y afortunadamente mi inglés fue suficiente para preguntarle a una señora de origen asiático sobre que calle debería de tomar para el Market mall. Otra cuestión que también me sorprendió al grado de asustarme un poco fue el respeto que tienen los conductores Calgarienses hacia el peatón. A grados que con solo acercarse uno a la esquina los coches se detienen. Lúdico en parte algunas veces finté a los conductores y el resultado fue que se detuvieron inequivocamente. Y no sólo es el respeto de los conductores, sino también de los ciclistas y de los peatones en si. Nadie se cruzaba a mitad de calle o estando el alto. -¿Es esto primer mundo?- pensé.
Volví a preguntar a otro señor sobre el famoso Market mall y me mencionó que estaba a unas cuantas cuadras, llegué al Starbucks y pedí un café con jarabe de Calabaza, otra cuestión interesante fue que la mesera o empleada, no se desvivió por preguntarme como estaba, ni mi nombre, simplemente me sirvió el café y un buen día meramente. -Respeto por uno y por los demás- me repiquetéa en la mente, ahora que plasmo los bits en texto.
Me conecté a internet y envié mensaje a Iván, desde la laptop que me prestó Alejandro, pues la mía valió queso. Desafortunadamente no llevé celular en todo el viaje, pero en absoluto eso fue un impedimento. Un rato después llegó Iván acompañado de su amigo Quoc. Estuvimos platicando, Quoc practicó su castellano. El mencionado amigo es de origen Vietnamí, vivió un tiempo en España y parece ser que se enamoró de tal país, pues perfeccionó castellano y si los dineros de Alberta fluyen, vivirá y pondrá un negocio en Sevilla. El clima se volvió más frío y el cielo más gris. Afortunadamente Quoc contaba con una camioneta con calefacción, así que nos pudimos mover hasta un restaurante de comida Vietnamí. Las tortillas de arroz u hojas de arroz rodearon lechugas, fideos, carne y chistorra, la plática fluyó entre otras cuestiones sobre Vietnam, el parecido que según Quoc tienen los Vietnamís con los Mexicanos. La frialdad Canadiense, etcétera. Ya una vez terminados los alimentos, Quoc nos dió aventón a mi y a Roberto a la casa de otros amigos mexicanos: Ana y Arturo. Comenzó a caer un poco de nieve. -¡Demontres! ¡Qué no es Otoño!- dije. Subimos a su departamento y otra cuestión que al parecer es muy difundida entre los canadienses es quitarse los zapatos adentro de las casas, quizás sea por la inmigración oriental. La plática chilanga fluyó y también el acomplejamiento, pues yo les conté como un día antes había sufrido bajo las garras de los agentes de inmigración y unas semanas antes sobre el ojo del gran hermano para la visa Canadiense. Arturo infló su pecho y expresó como si fuese un castigo merecido el que nos pidiesen visa, pues nosotros aprovechados Mexicanos abusamos de la hospitalidad Canadiense. ¿Cómo si no bastase el escándalo de muchas empresas Canadienses mineras en la menera en que tratan a los obreros y muchos símbolos Mexicanos como Wirikuta? ¡Uy! Pobres Canadienses nos aprovechamos tanto, por favor impónganos la visa y dejemos libres los aranceles para sus productos según el TLC. Un poco molesto por que un Mexicano avalara ese trato de ciudadano de segunda, preferí cambiar el tema. Y hablé sobre el frío clima de Calgary, como gesto amistoso Ana me prestó unos guantes de Arturo, nos despedimos y quedamos en vernos para beber unos tragos amables o hacer algo.

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