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lunes, 17 de julio de 2017

Te van a matar

Te van a matar
27 marzo, 2017 por Javier Valdez

Se lo decían los amigos, los familiares, los compañeros del gremio. Cabrón, cuídate. Estos güeyes no tienen madre. Son unos malditos. Pero él seguía escribiendo críticas y denuncias en su columna, en uno de los diarios de la localidad: apedreando con sus teclas, sus palabras, el ejercicio del poder político, la corrupción, la complicidad entre criminales y servidores públicos, la policía al servicio de la mafia.

Tenía varios años como reportero y suficiente experiencia para hacer trabajos de investigación. En la región sobraban los temas, pero todos los senderos, escoltados de plantas con espinas, conducían a la pólvora incendiada o en espera del gatillo, las miradas densas y vidriosas de los jefes, los callejones que pueden sacar de apuros y que no tienen salida, las calles que solo conducen a un humo caliente, que se levanta y baila con el viento, después del pum pum.

Pero él tenía en el pericardio un chaleco antibalas. La luna en su mirada parecía un farol que aluzaba incluso de día. La pluma y la libreta eran rutas de escape, terapia, crucifixión y exorcismo. Escribía y escribía en la hoja en blanco y en la pantalla y salía espuma de sus dedos, de su boca, salpicándolo todo. Llanto y rabia y dolor y tristeza y coraje y consternación y furia en esos textos en los que hablaba del gobernador pisando mierda, del alcalde de billetes rebosando, del diputado que sonreía y parecía una caja registradora recibiendo y recibiendo fajos y haciendo tin en cada ingreso millonario.

Los negocios en la agenda de los mandatarios eran su tema preferido. Cómo sacaban provecho de todo y la gente jodida en las calles, donde la indigencia crecía como la basura y se adueñaba de banquetas y esquinas, los prostíbulos estaban sobrepoblados y en los hospitales sobraban enfermos pero no había camas ni médicos. Eso sí, las cárceles hacinadas y el imperio del humo, de la nube negra tapando el cielo estrellado, colmaba las cabezas de los habitantes de la región: enfermaba, pero no hasta la indignación. Y en eso él, de plano, no cejaba ni cedía. Ni madres, repetía. Y se ponía a escribir.

Una denuncia había puesto en el ojo del huracán a uno de los legisladores. Él se unió a quienes criticaron su poderío y sus lazos con las cumbres del poder político, económico y criminal. Fueron pocos los detractores y casi ninguna pluma, pero no se quedó callado. En el feis publicó una de esas fierezas, de palabras valientes, y le dijeron güey, bájale. Estos cabrones te traen ganas. Te van a matar. Él contestó Ba. No me hacen nada. Me la van a pelar.

Pasaron tres horas después de esa publicación en redes sociales cuando lo alcanzaron y le dispararon, de cerca para no fallar.

--o--

Solo me queda inspirar o inhalar aire y tratar de cavilar lo complejo que se ha vuelto la situación y la falta de valores, sin duda esto es en parte por la terrible indiferencia que vivimos en México y esa actitud nos cobra una factura sin precedentes.


Que en paz descanse Javier Valdez y muchos otros de los periodistas que por tratarnos de despertar de la indiferencia sus vidas han sido apagadas. Estas entradas las organicé al 16 de Mayo y pongo la estela de animal político.




martes, 11 de julio de 2017

Juán

Juan
20 marzo, 2017 por Redacción

Juan estaba muy chico cuando su madre murió de cáncer. Su hermana menor nació y a los pocos meses ella fue llevada al panteón. Se quedó con su padre, un hombre huraño y gritón. De él se sabía por los gritos y las pedas y los cintarazos. Los vecinos por eso evitaban quejarse de los niños y sus travesuras, el balón golpeando los portones, quebrando el foto que colgaba de la marquesina, el cristal de la ventana.

Vas a ver, plebe jijo de le chingada. Por eso Juan buscaba las aceras de enfrente y sus casas y sus familias. No era niño de la calle pero como si lo fuera. Huía de su casa para irse a la de Fran o a la de enseguida. Fran y él eran los únicos niños de la cuadra, el resto eran morritas menores y mayores pero ningún hombre: el barrio para ellos, para volar en ese patín del diablo, en la baica, la patineta, para patear el balón y jugar a los penaltis y cachar con manillas y pelota de béisbol.

Sentados en el macetero, en el filo de las guarniciones, recargados en el arbotante, bajo la sombra del ficus, desculando hormigas y abriendo fuego con la lupa y el sol de mediodía. Aquello era el paraíso para ellos solos. Algunas vecinas le daban agua y comida, y Juan nunca decía que no. Era callado y ojeras que amenazaban con devorarse los ojos y buena parte del rostro. Una mirada triste y pestañas de tejaván. Un cabello negro y pálido. Un tupé que no hacía más que taparle las heridas del alma. Juan tenía familia y casa, pero era un niño sin hogar. Ahí, en esas viviendas de clase media, solo tenía a su hermana y a Fran, y cuando llegaba su padre no tenía nada.

Una vez el hombre decidió casarse. La mujer, con buena posición económica, compró casa y atendía a Juan y a su hermana. Sí los regañaba, pero sin malos tratos. Pretendía, en medio del desierto, ofrecerles un santuario de manos tendidas, miradas tiernas, abrazos y apapachos, comida y algo de estabilidad. No era la madre, pero parecía. Era la madrastra dulce y comprensiva. Y justo cuando ellos parecían divisar del otro lado de la tormenta el puerto seguro, el frágil camino a la felicidad, el padre decide divorciarse. Y todo se desmoronó.

Volvieron las mentadas y los golpes, la borrachera en casa y el exilio de Juan y su hermana. La calle, la banqueta de la casa de Fran, los gestos generosos de los vecinos, eran su única guarida. Hasta que el hombre se infartó. Sin asideros, frente al abismo insondable, Juan dejó el barrio y se refugió con otros familiares. Dicen que volvió a la cuadra en busca de aquellos tiempos: fumaba desde los doce y pisteaba temprano. Dicen que se asomó de tarde, en busca de alguien. Dicen que conoció gente de mirada oscura y hocico siete punto sesenta y dos. Que por eso lo mataron, saliendo de su casa, apenas a los diecinueve.

martes, 4 de julio de 2017

Que salga la perra

Que salga la perra
3 abril, 2017 por Javier Valdez

El niño se acercó a la maestra. Era un niño de buena conducta, aplicado en clase. Ella se agachó para escucharlo. Le dijo que uno de sus compañeros le había robado el dinero que llevaba para gastar en el recreo. Le preguntó quién y señaló. Le dijo cómo sabes que él fue. Porque lo vi.

La maestra se dirigió al otro niño, que estaba cerca y no sabía de qué se trataba. Me dice Rubencito que tú tomaste su dinero. Que lo sacaste de su mochila. Y quiero saber si es cierto. El niño se quedó callado, con los cachetes inflados y la mirada con filo. Lo negó todo. La maestra se quedó en silencio. Vio a uno y luego al otro. Rubencito traía los ojos salados, anunciando una lluvia ligera y honda. Quién me va a decir lo que aquí pasó. La verdad.

Rubencito miraba al otro y a la maestra. El otro solo lo miraba a él, recriminándole. Yo lo vi, maestra. Vi cuando metió la mano a mi mochila y sacó el dinero. Ni modo que diga que no. Es cierto esto, preguntó ella. Como no recibió respuesta, se levantó y fue hacia la mochila de Irvin y ahí estaba el botín: en un rinconcito, bajo los libros, al mero abajo y junto a una crayola roja.

La maestra lo sacó y lo mostró. Le preguntó a Rubencito si era ese. Y sin contarlo le pidió que le dijera cuánto era lo que le habían quitado. Le dio la cantidad. Era la misma. Treinta pesos, un billete de veinte y dos monedas de cinco envueltas en el papel moneda. La maestra volteó a ver a Irvin, quien seguía con los cachetes blindados y esa mirada de vitral a punto de estallar. Le dijo, con tono severo, que no estaba bien lo que había hecho, que debía haber respeto y honestidad. Le exigió que se disculpara con Rubencito. Se lo ordenó una. Otra. Y otra vez. No lo hizo. Le dijo que se fuera a sentar y que no saldría al recreo. El niño la miró con más intensidad y la amenazó: la voy a acusar con mi papá.

Terminó el horario de clase. La maestra los despidió y salieron todos. Se quedó un rato a ver unos papeles, revisar tareas y una lista de pendientes de la escuela. Ya no había alumnos. Estaban ella y dos maestros, platicando, cuando escucharon unos gritos afuera del plantel y unos golpes producidos por el choque entre la cadena y el barandal. Al menos eso parecía.

Sal, perra. Sal, para ponerte una chinga. No sabes con quién te metiste, puta. A mi hijo nadie lo regaña, menos una perra maestra. Ella escuchó. Se le hicieron de arena las piernas y se puso a llorar y a temblar. No podía salir. El hombre traía un arma y con ella golpeaba el cancel. Los dos maestros la sacaron casi a gatas y la ayudaron a brincar la barda de atrás. En dos semanas no salió de su casa y cuando lo hizo fue para cambiar de escuela.

martes, 27 de junio de 2017

Oremos

Oremos
10 abril, 2017 por Javier Valdez

Se fue de la ciudad cuando supo que lo buscaban. Había sido militar y luego de una invitación de un oficial del ejército, se metió a la policía estatal. Muchos, incluso de rango, lo habían hecho, para tener más estabilidad económica y estar cerca de su familia. Pero en tierra de paz narca le habían llegado los pistoleros y tuvo un pleito con ellos. Ahora no se podía zafar.

Por eso huyó con todo y familia. Allá no le fue tan mal pero volvió cuando supo que la bronca se había calmado y que ya no lo procuraban. Pero la suerte ya no le sonreía ni encontró los destellos de la buena vibra que antes lo acompañaba. Se sintió tenso. El culo y el corazón avisan, dicen. Y a él lo asaltó esa sensación. Tragó gordo, se tronó todos los dedos de las manos y se le hizo flaco el camino. No me puede ir tan mal, pensó. Y después de toparse con pared, de tocar puertas que no se abrieron, se metió de taxista.

Su precario optimismo se desvaneció: le estaba yendo muy mal. Le tenía que dar trescientos cincuenta pesos al dueño del taxi por día trabajado y si lograba liquidar todo el sábado, las ganancias del domingo eran para él. Y apenas acabalaba para pagar la cuota y le quedaba muy poco para comer y aportar a la casa, para la escuela de los hijos y otros gastos. Eso lo estresaba. Apretaba los dientes como queriendo morderse las encías y le pegaba al volante y al tablero. No es posible que me esté yendo así. Perra vida.

Empezó a pelearse con el patrón, porque le parecía injusto que de los quinientos que apenas llegaba a sacar, solo le quedaran 150 pesos. Se peleó con él y con los otros automovilistas. Usó el claxon para reclamar y varias veces estuvo a punto de tramarse a golpes. Esto no es para mí, diosito. En eso estaba, lamentándose y mentándola a diestra y siniestra, cuando recibió una llamada. Tengo algo para ti. Te llamo en la tarde y te digo dónde nos vemos.

Unos empresarios, de esos inversionistas que realizaban fuertes operaciones que siempre iban entrecomillas, que generaban empleos y reactivaban la economía regional, lo querían de guarura. Estaba contento. Buena paga, aunque sin horarios. Por fin iba a alivianarse. Le brillaban los ojos y la vida le sonreía de nuevo. Tenía que guardar las armas largas y usar las cortas, para resguardar a esos pesados. Un día que salió muy temprano le dijo a su mujer no sé a qué hora regrese. Ya hace dos meses y no ha regresado.

En la iglesia, la catequista preguntó a los niños por quién querían orar. Unos dijeron por la paz, otros por el perrito enfermo. Ella, la hija de apenas diez, pidió que oraran por su padre. Por qué, preguntó la maestra. Porque está desaparecido. Y mi madre se la pasa en la iglesia, llorando. Y yo no puedo dormir.

martes, 20 de junio de 2017

El quinto en la lista

El quinto en la lista
17 abril, 2017 por Javier Valdez

Soy el número cinco. Lo dijo para que nadie lo oyera. Su voz baja llevaba los decibeles del cementerio, la tersura de las sombras cuando el día se despide y el sol se cae, ya sin fuerza. Sus amigos se quedaron absortos. No sabían de lo que hablaba, pero se lo imaginaban. Soy el quinto, compadre. Es la neta. Ya mataron a cuatro, de un total de siete. El siguiente soy yo.

Era policía municipal. Doce en apenas tres meses y medio habían sido quebrados a balazos: trozados por la espalda, sorprendidos en sus casas, abiertos y sangrantes, desgarrados, arremangados por las tripas, con las ideas grises desparramadas en la nuca y los proyectiles traspasando la piel y perforándolo todo.

Siete habían sido los agentes que acudieron a la balacera. Los soldados eran el objetivo. Se quedaron en medio de un estruendoso y aplastante fuego de alto calibre. Granadas, disparos de plomo gris candente. Unos setenta gatilleros jalándole a las armas. Solo se escucharon gritos de lamento, de auxilio, sobre todo cuando empezaron a incendiarse las patrullas militares y los de uniforme quedaron atrapados, devorados por las llamas.

Fue cuando llegaron los policías. Muchos se resistían. Tal vez una orden de que no se acercaran, quizá el miedo de acudir. Fueron siete los que se arrimaron y como pudieron ayudaron a los militares heridos, pidieron apoyo por el radio y llamaron a las ambulancias. Cargaron a los soldados, les dijeron aguanta bato. Todo va a estar bien. Ya viene la ayuda, tranquilo, tranquilo. Ya están a salvo. Se los llevaron al hospital.

El saldo fue de cinco militares muertos y varios heridos. También un socorrista lesionado. Bastaron unas cuantas semanas para que supieran de esa lista negra: son siete y los siete van a morir, uno a uno, trozados por las ráfagas filosas de la espada narca. Y así fueron cayendo. Cuando salían de turno, frente a sus familias, levantados y luego aparecieron ejecutados a tiros y torturados. Cuando tuvo la certeza de que lo esperaban en algún lugar dos, tres, cuatro o cincuenta balas, les dijo a sus amigos: sigo yo.

Trataron de calmarlo. El bote de cerveza tenía miedo, por eso temblaba en sus manos. Las papitas y los picadientes para pinchar el queso y las salchichas se le negaban, se movían o brincaban de plato en plato. No le voy a decir a la familia, no quiero que se preocupen. Trataron de calmarlo y se embriagaron. Él no pudo. A los días lo enviaron a cuidar una casa de seguridad. Sus días en el calendario eran números rojos.

Estaba ahí, parado. La mano en el arma y la vista de halcón. La vida no vale un cartucho y para él había varios. Desde un carro asomaron dos y le dispararon. A los días ejecutaron a otro y a otro.

martes, 13 de junio de 2017

El cocodrilo

El cocodrilo
24 abril, 2017 por Javier Valdez

No le gustó la escuela así que huyó de ella y de la casa de sus padres. En la ciudad, andaba de vago y temerario, como buscando bronca por todos lados, piruetas en los cruceros, toreando carros y retando al sol. En una de esas pensó que no le iba a pasar nada. Se sintió invencible, más que nunca, y saltó sin fijarse al río de acero y ruedas de la avenida: un camión de pasajeros lo atropelló y los testigos dijeron que vieron cómo las ruedas le aplastaban la panza.

Pero él se levantó de ahí como si nada. Un tío supo y le dijo este güey tiene piel de cocodrilo. No le hacen nada las llantas. Por dentro se preguntó si tampoco le entraban las balas. Lo metió en su casa y le dio comida, lo apoyó y le dio dinero. Como andan en el negocio, en cuánto pudo le dio una pistola y le dijo eres bueno para los chingazos y muy entrón a la hora de las balas, a partir de hoy eres mi guarura.

Cuando agarró cierta experiencia en el manejo de armas y en las operaciones del tío, le encargaron que se hiciera de cinco o seis cabrones. Ellos van a ser tus subordinados. Ahora tú eres mi jefe de escoltas. Y para donde andaba el tío, andaban él y ellos. Le quitó a policías y soldados del camino, limpió las veredas de enemigos y eliminó espinas a las flores de ese jardín de polvo blanco y dólares. Ni la sangre llegaba a mosquear el edén del tío que también era de él. Traía troconas del año, con suspensión de miles y blindaje grueso. Las morras se le subían sin que él les cerrara el ojo y tenía mujeres para mañana, tarde y madrugada.

Un día les dijo tómense un descanso. Pero jefe, está cabrón ahorita. Nada, nada. Me voy a quedar solo. Voy al río, a probar las llantas en el lodazal y a cotorrear con unas plebes. Pero jefe. Cómo chingan. Váyanse a cotorrear. Se fue al río y arremangó con lodo y agua. Levantó polvareda y construyó nubes en las dunas. Rugió el motor y las llantas aguantaron la carrilla. En la tarde les dijo a las chavas, vámonos de antro. Una en las piernas y otra al lado, abrazándolo. Pisteaban tequila y cerveza. Los enemigos lo vieron. Viene solo, cuchichearon. Hicieron señas. Lo rodearon. Al tercer balazo les contestó con cinco. Tumbó a dos. Pero eran muchos. Las chavas brincaron. Otros clientes se tiraron al suelo. Unos encerrados en el baño, tras los sillones teiboleros o la barra, los meseros hechos bola en un rincón y los que habían permanecido en la pista quisieron tumbar la puerta a patadas. No pudieron.

Ya sumaba cinco balazos en el pecho, abdomen y en un brazo. Y les seguía contestando. Hijos de su pinche madre, aquí está su cocodrilo cabrones. Tras tras tras. Hasta que soltó el rifle y se quedó callado.

martes, 6 de junio de 2017

La lavadora

La lavadora
1 mayo, 2017 por Javier Valdez

El hermano mayor siempre andaba cuidándolo. Un paso atrás, pegado. Más cerca que la sombra. Así tenía que pasársela porque el menor era travieso, alocado y ocurrente. Su adolescencia le dolía hasta los huesos y quizá por eso brincaba y saltaba, se iba de vago con los de la cuadra y se encaramaba en las trocas cuando se trataba de ir a dar la vuelta.

Un día se le desapareció. Él quería que su madre dejara de tronarse los dedos y las palmas de las manos de tanto que lavaba. En el lavadero y a los lados, montones de ropa propia y ajena. El mayor trabajaba pero no podía con tanto gasto. El menor solo medía las calles y las banquetas, los centímetros de las esquinas: apedreaba el sol, calmaba los fuegos con Pepsi, mitigaba el hambre con torcidos o algún gansito, y lanzaba palabras que enervaban el viento de la tarde.

Ese día le ofrecieron un cigarro de mota. Ten morro, pa que te alivianes. Los de la cuadra se desaparecían y él sabía dónde estaban cuando no se juntaban en la tienda de la esquina. Atizó el gallito y se puso loco. Era la primera vez que ese humo denso llegaba a sus pulmones y al cerebro. Le botó la cabeza y sintió el pecho de acero. Voló, porque no sentía sus pasos, hasta donde se escondían los del barrio y ahí le ofrecieron cerveza gratis y más yerba. El jefe se le acercó y le dijo ei morro, vamos a hacer un jale. Es viernes santo y hay que tumbar verdes. Te doy mil dólares por cada guacho que tumbes. Le atoras o no.

Regresó a su casa, todavía con las alas puestas. Le dijo a su mamá madrecita, ya te voy a comprar tu lavadora pa que te cures las manos, pa que no te duela más la espalda. La señora lo vio como quien mira un ángel y le dio la bendición. Regresó con la banda y le dio el sí al patrón. Vamos pues. Pensó que era como tumbar monitos de plomo en los juegos de la verbena y ganarse un oso grande de peluche. Vamos pues. Pero todo fue llegar y empezó la tracatera. Él iba delante, en el primer convoy. Pum pum pum. Fue de los primeros que cayó. En la confusión y la tracatera unos huyeron y otros, los menos, atinaron a seguir enfrentando a los militares.

Él quedó en el monte, tirado y boca arriba. Encima, un cuerno de chivo todavía humeante. Los verdes lo vieron y lo patearon. Le preguntaron cosas que no entendía. Sintió frío y vio la sangre que corría. Balbuceó cuando lo levantaron para llevarlo al hospital, entre maldiciones e interrogatorios, antes de quedarse tieso, antes de que el sol muera y los gritos lejanos que apenas escucha se apaguen, repetía una y otra vez, ya con los ojos cerrados o entreabiertos: no podré comprarte la lavadora, mamá.

martes, 30 de mayo de 2017

24 horas

Veinticuatro horas
8 mayo, 2017 por Javier Valdez

En la cárcel él era el jefe. Lo respetaban y cuidaban. En su pedigrí de cruces, de ficha en la policía y el drenaje de lluvia roja, él tenía gordo el expediente y también los güevos. Y así lo presumía y gritaba, retaba y escupía, aunque fuera al viento. Pero se la sentenciaron. Le quedaban días en el penal y sus enemigos lo sabían. Vas a salir, cabrón. Acá, afuera, te esperamos: no pasarán veinticuatro horas para que bese a la calaca. Le vamos a dar fierro, de eso no se salva el güey.

No hizo caso. Entre las rejas, los módulos del penal, las carracas y hasta con los celadores, él tenía la guadaña y podía jalar del gatillo. Era el rey y sultán, patrón y príncipe, dios y el diablo: aire acondicionado en su celda, televisión de pantalla plana, doce teléfonos celulares, mujeres que pasaban por el pórtico de seguridad como cruzar la puerta del supermercado, drogas en la alacena y cartuchos en el horno de la estufa, el mercado local le rendía pleitesía y le mandaban tributo. Todo ahí pasaba por él.

Cuando llegó la hora de salir le hicieron una fiesta. Le decían jefe para acá y jefe para allá. Patrón esto y aquello. Había banda y unos chirrines, mujeres vampiro y polvo en charolas. Lo abrazaron fuerte, le palmaron la espalda y apretaron su mano. Viejón, a sus órdenes. Usté manda. Le desearon lo mejor porque al día siguiente saldría por la puerta grande, libre de todos los cargos, limpio el expediente manchado. A su paso, con una maleta al hombro, los polis se le cuadraban y hasta el director de la policía fue al pasillo a desearle suerte. Él agradeció, bajó de la alturas y miró condescendiente, hizo reverencias y sonrió por gratitud y cortesía.

Fueron por él en dos blindadas. Otra vez jefe para allá y jefe para acá. Sus hijos, ya adolescentes, lo rodearon con abrazos y su mujer lo colmó de besos. En la casa había una comilona y la tambora. Llegó y le tocaron una diana y todos se pusieron de pie y le aplaudieron. Ídolo y campeón mundial. Patrón y jefe siempre. Amigos, parientes, vecinos y compinches lo recibieron como jeque mundial de la muerte. Se sentó en la silla grande, poltrona fija y con descansabrazos anchos: escarféis de la Díaz Ordaz, en sus aposentos y con el control de la fiesta, música, comida y bebidas en sus manos, como quien cambia de canal la tele.

Llegó la noche y la madrugada. Mujer, quiero descansar. Lo llevaron a su recámara y se acostó. Su mujer acurrucada a un lado, abrazándolo. A media mañana tocaron la puerta. Era un primo que preguntó por él. No quiso pasar así que él salió a recibirlo. Muy querido por todos, no vieron el veneno entre cejas. Tras él entraron cuatro y le dispararon a quemarropa. Te dije, puto. Te dimos veinticuatro horas.

martes, 23 de mayo de 2017

Malayerba

A manera de homenaje a Javier Valdez, periodista abatido, publicaré cada semana sus diferentes entradas de malayerba.

Te van a matar
27 marzo, 2017 por Javier Valdez

Se lo decían los amigos, los familiares, los compañeros del gremio. Cabrón, cuídate. Estos güeyes no tienen madre. Son unos malditos. Pero él seguía escribiendo críticas y denuncias en su columna, en uno de los diarios de la localidad: apedreando con sus teclas, sus palabras, el ejercicio del poder político, la corrupción, la complicidad entre criminales y servidores públicos, la policía al servicio de la mafia.

Tenía varios años como reportero y suficiente experiencia para hacer trabajos de investigación. En la región sobraban los temas, pero todos los senderos, escoltados de plantas con espinas, conducían a la pólvora incendiada o en espera del gatillo, las miradas densas y vidriosas de los jefes, los callejones que pueden sacar de apuros y que no tienen salida, las calles que solo conducen a un humo caliente, que se levanta y baila con el viento, después del pum pum.

Pero él tenía en el pericardio un chaleco antibalas. La luna en su mirada parecía un farol que aluzaba incluso de día. La pluma y la libreta eran rutas de escape, terapia, crucifixión y exorcismo. Escribía y escribía en la hoja en blanco y en la pantalla y salía espuma de sus dedos, de su boca, salpicándolo todo. Llanto y rabia y dolor y tristeza y coraje y consternación y furia en esos textos en los que hablaba del gobernador pisando mierda, del alcalde de billetes rebosando, del diputado que sonreía y parecía una caja registradora recibiendo y recibiendo fajos y haciendo tin en cada ingreso millonario.

Los negocios en la agenda de los mandatarios eran su tema preferido. Cómo sacaban provecho de todo y la gente jodida en las calles, donde la indigencia crecía como la basura y se adueñaba de banquetas y esquinas, los prostíbulos estaban sobrepoblados y en los hospitales sobraban enfermos pero no había camas ni médicos. Eso sí, las cárceles hacinadas y el imperio del humo, de la nube negra tapando el cielo estrellado, colmaba las cabezas de los habitantes de la región: enfermaba, pero no hasta la indignación. Y en eso él, de plano, no cejaba ni cedía. Ni madres, repetía. Y se ponía a escribir.

Una denuncia había puesto en el ojo del huracán a uno de los legisladores. Él se unió a quienes criticaron su poderío y sus lazos con las cumbres del poder político, económico y criminal. Fueron pocos los detractores y casi ninguna pluma, pero no se quedó callado. En el feis publicó una de esas fierezas, de palabras valientes, y le dijeron güey, bájale. Estos cabrones te traen ganas. Te van a matar. Él contestó Ba. No me hacen nada. Me la van a pelar.

Pasaron tres horas después de esa publicación en redes sociales cuando lo alcanzaron y le dispararon, de cerca para no fallar.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Uno de tantas crónicas de Javier Valdez

He tomado de aquí la siguiente crónica: http://riodoce.mx/ de Javier Valdez, periodista asesinado hace algunos días, curiosamente me llamó la atención por que tengo un proyecto de escritura en algún otro lado titulado El consultor.

Malayerba: El licenciado

15 mayo, 2017 por Javier Valdez, qepd. 

El tío ya no lo aguantó. Era la vergüenza de la familia. Así que decidió meterlo a un centro de internamiento para adictos. Llamó con alguien y rápido llegó la voladora: una camioneta cerrada con siete jóvenes que lo tumbaron a empujones y patadas, lo ataron con manos y brazos y luego de someterlo, lo metieron al vehículo para llevárselo. Salieron de ahí hechos la mocha y apenas el polvo marcó la partida.

Llegaron y lo siguieron tundiendo. Se acercó alguien que parecía el que mandaba. Bien vestido, alto, con voz gruesa. Todos se detuvieron frente a él, casi cuadrándose. Bola negra, dijo. Y todos reiniciaron los golpes. Esta vez le cortaron parte de la espalda y le abrieron la cabeza. Al diagnóstico se agregó fractura de clavícula. Se quedó ahí, tendido. Le dieron paracetamol y le gritaron al segundo día ya levántate güevón. Órale, este no es un hotel.

Lo sacudieron, le dieron polvo y reaccionó. Vámonos, tenemos que ir en la voladora por otros dos. Eso era la bola negra y él debía aplicársela a otros. De lo contrario, se lo harían de nuevo.  Repartió tantos chingazos como bolas negras y fue así que logró que lo incluyeran entre los invitados a las fiestas. Otro nivel. Cerveza, yerba y perico. Las mujeres que del área femenil también estaban para ellos. Podían bailar y drogarse, y luego entrar sin permiso en sus oquedades. Una vez en la burbuja nebulosa de los viajes fantásticos no había manera de oponer resistencia.

Había permisos y premios, y también para él. Se los fue ganando a fuerza de puñetazos y patadas. De decirle sí al jefe, que era el licenciado. Lo enseñaron a delinquir y a pasar las líneas de las drogas. Le pusieron de apodo el demonio. Cuando el tío fue por él le dijeron que estaba mucho mejor. Pero no lo vio. Dónde anda. Es que fue a comprar comida y a botear en los cruceros. Pero va muy bien, pronto estará totalmente recuperado. El tío se fue, aliviado por las buenas nuevas pero no del todo convencido: no haberlo visto le dejó amarga la boca.

Ninguno como él. Les decía el licenciado tráiganme al demonio y se lo llevaban. Era bueno para los golpes y para cumplir las órdenes. Un samurái de los enervantes y las luchas callejeras. Puma de alcantarillas. El demonio llegaba y paspas. La víctima no se levantaba en días. Un premio para él. Sabía que podía saborear la droga que quisiera, y también a las recluidas en el área contigua. Se sumergió en las arenas movedizas del placer, de los viajes en globo y del paseo por las nubes oscuras de los sótanos. Sonrió y babeó. Y así quedó, esparcido en el piso, con viscosidades en la boca. Inerme. Cuando fueron por él para aplicar otra bola negra, el licenciado dijo ni modo. Era mi preferido. Y gritó bola negra.

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Este me ha llamado la atención por el hecho que en algún momento me imaginaba era todo un hito cumplir la edad de Cristo, cuando terminó crucificado.

33 años

13 marzo, 2017 por Javier Valdez

En su cumpleaños, la familia le hizo un pastel y algo de comida para sus amigos del barrio y de la escuela. Doce años. Pastel de chocolate, refrescos, palomitas, papas de la Sabritas, pizza y rolas de Shakira. Un punto negro, una horadación, en esa semilla que ya era su vida lo hizo decir que sí a uno de sus vecinos: en la parte de atrás de la casa le ofreció un toque de cigarro de mariguana.

Agarró el churro y le pegó hondo. Se quedó quieto, en silencio, mirando a la nada. Y dijo esto es mágico. Regresó a la fiesta de su cumple y se sintió flotando. Entre la música, el griterío y la comida, nadie se percató que él andaba bien pacheco. Pronto le entró a las metanfetaminas y de ahí el brinco fue fácil para esnifar cocaína.

Su madre le dijo al padre. Bajó sus calificaciones y terminó en la calle, en lugar de la escuela. No quisieron regañarlo. Les molestaba el qué dirán. Sin preguntarle, lo metieron a un centro de rehabilitación, pero fue peor. De la prepa saltó sin red al posgrado en drogas e ilícitos.

No tardó mucho en ingresar al penal. Asaltos y robos, habían sido sus delitos más constantes. Una que otra riña o alteración del orden público: las suelas gastadas, tallando el pavimento y encharcándose en el fango, el polvo en las pestañas y en esa mirada fija, de ojos volteados que no reaccionan, los brazos flacos de sus senderos sórdidos, los pies a rastras pero sin surcar, la sangre al estilo Pollock en su piel y en la camisa.

Ingresó por robos y luego repitió por secuestro. En el penal primero fueron tres años, luego cinco y después entraba y salía como quien viaja y regresa a su vecindario. A veces iba a casa, con su madre. Sentado en un sillón, su conciencia no alcanzaba para sostener una conversación con ella o hermanos. Eran los restos, lo que quedaba de ese chapuzón temprano en las arenas movedizas de la perdición.

Una noche recibieron la llamada. Esos ring que se esperan siempre ya tarde o de madrugada. Esperar, esperando que no lleguen al teléfono de la recámara. Lo persiguieron en carro y luego a pie. Lo corretearon por calles y callejones. Primero a golpes, tablazos, cadenazos. Trescientos metros entre los recovecos del arroyo, abajo del puente, en medio del bledal, a machetazos. Qué importa si fue una deuda, un pleito pendiente. Le tiraban y tiraban y seguro estaban de que le daban, pero él seguía: se agachaba, se hacía a los lados, caminaba y corría como rengo y luego se recuperaba y de nuevo tomaba velocidad y de nuevo tras él, y a ratos se les perdía.

Le dieron machetazos y tres balazos para que no se levante más. En las bolsas del pantalón encontraron su credencial y un número de teléfono anotado en un papel viejo, con tinta borrosa: mamá.