Hago licencia a la ronda de estudio en parte por que me han avisado que la entrevista para Wizeline se pospone para la siguiente semana y en otra parte por quiero --el autor ríe y piensa en el estereotipo por quiero y por que puedo de Back door.
Acá en Tepic vivo casi a las afueras de esta ciudad, además vivo en un fraccionamiento cerrado por lo que es el clásico sitio dormitorio con amenidades, por tanto no es una colonia viva que tenga muchas tiendas, cremerías, cafeterías y otras cuestiones que hagan que la gente conviva. No obstante a unos cuentos cientos de metros hay una tienda que a veces me sorprende por las cosas gourmet que venden. Además dicha tienda ofrece servicio a domicilio y a diferencia del industrializado Oxxo y otras tiendas de engorda vacía, esta tienda ofrece cosas nutritivas: leche, huevo, verduras, frijoles, etc.
Hoy en mi rush de estudio y de que la neta me dio pereza cargar con el enemigo número uno del feminismo: el garrafón, lo sé fue mal chiste, pero no negarán que se rieron. Como decía decidí hacer uso del servicio a domicilio. En esta tienda entre semana por las mañanas quien se encarga de hacer las entregas es un chaval o morro, yo imagino que de 19 o 20 años, quizás 18 años.
Apuesto a que es de esa edad por varias cuestiones, una obvia quizás es la de manejar la motocicleta de entregas, pues solo un mayor de edad podría tener permiso, aunque eso no es garantía alguna. La otra que me hace pensar que converge más a los 18 es que el rostro de Carlos está lleno de barros y algunas cacarizas, casi como el clásico estereotipo Simpsoniano del adolescente que trabaja, sin embargo la torpeza no es algo que comparta con dicho personaje, por el contrario, el morro se toma muy en serio su trabajo: selecciona las mejores verduras, empaqueta con cuidado los abarrotes, siempre incluye el ticket con los costos y muestra un dinamismo al atender y revisar el ipad con los pedidos de los clientes.
Carlos Pacheco es su nombre, este lo supe por el ticket que entrega y por que nunca me ha dicho lo contrario siempre que le digo "gracias Carlos", el morro es más o menos de mi estatura, de tez morena oscura, ojos marrones, cuyo brillo aún revelan esa inocencia muy típica de quiene aún la vida les sonríe. Su complexión un tanto mediana con esa musculatura que muestra que es un joven transicionando apenas a un adulto. El cabello algo ondulado que cae como libro, pudiera decirse que no tiene forma, ni estilo, no es un fade, no hay aún ese necesidad de imitar a algún ídolo moderno, no hay tatuajes, lo cual me lleva de nuevo a pensar que quizás sus circunstancias no le han golpeado para asirse a un modelo o look.
En esta ocasión que pedí servicio a domicilio, vi su silueta moverse entre la penumbra que proyecta la madreselva que cubre la ventana de la entrada. Toco el timbre y al abrir lo puerta ante mi erguido, levantando el pedio a lo alto. "Buenas tardes, aquí tiene su pedido señor", dijo con una sonrisa, tal vez de satisfacción de atender a sus clientes, pero todo menos una sonrisa tonta y sin sentido. Acomodé mi pedido, dándome cuenta de su esmero para acomodar las cosas dentro de la bolsa, para que los huevos no se quiebren. Agarré el envase del garrafón vacío, la tormenta amenazaba, así que rápidamente saqué mi tarjeta y pagué. Quizás para romper el hielo, le espeté si había muchos pedidos hoy o que tal se ponen los pedidos con la lluvia. Pagué y me dió las gracias, subió a su moto y se fue.
Sin embargo se quedó en mi esa sensación de paternalidad frustrada, si hubiera tenido un hijo antes de cumplir el cuarto de siglo, seguro sería de su edad, no me imagino como sería convivir con un morro así y que fuera mi hijo. La lluvia seguía amenazando así que cerré la puerta, corrí a cerrar ventanas, la tormenta fue casi una metáfora de esa nostalgia, pues como una nube pasajera se pintó como tromba, llovió con viento, pero luego se disipó dejando salir el sol de nuevo. Así el estío plantea preguntas a la existencia, como un Carlos en sus entregas, suena la motocicleta anunciando su llegada, luego con su sonrisa toda inocente, el petricor inunda el ambiente, la tierra se humedece, luego se marcha dejando la semilla que tal vez germine: sin duda debo educar o enseñar a los jóvenes, capoeira, matemáticas, programación, algo debo de regresar a quienes serán los próximos adultos.
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