viernes, junio 23, 2017

Conciertos para fotepierno de Cimarosa

Hace algunos días hablaba de dos versiones para piano y clavecín de un concierto para clavecín-piano compuestas por Domenico Cimarosa, así que he aquí más al respecto.


martes, junio 20, 2017

Piano y clavecín bajo Cimarosa

La semana pasada escribía, mejor dicho compartía algunos videos sobre Cimarosa y la apreciación no solo versó en conciertos, sino incluso en obras para instrumento en solo: clavecín y pianoforte.



El quinto en la lista

El quinto en la lista
17 abril, 2017 por Javier Valdez

Soy el número cinco. Lo dijo para que nadie lo oyera. Su voz baja llevaba los decibeles del cementerio, la tersura de las sombras cuando el día se despide y el sol se cae, ya sin fuerza. Sus amigos se quedaron absortos. No sabían de lo que hablaba, pero se lo imaginaban. Soy el quinto, compadre. Es la neta. Ya mataron a cuatro, de un total de siete. El siguiente soy yo.

Era policía municipal. Doce en apenas tres meses y medio habían sido quebrados a balazos: trozados por la espalda, sorprendidos en sus casas, abiertos y sangrantes, desgarrados, arremangados por las tripas, con las ideas grises desparramadas en la nuca y los proyectiles traspasando la piel y perforándolo todo.

Siete habían sido los agentes que acudieron a la balacera. Los soldados eran el objetivo. Se quedaron en medio de un estruendoso y aplastante fuego de alto calibre. Granadas, disparos de plomo gris candente. Unos setenta gatilleros jalándole a las armas. Solo se escucharon gritos de lamento, de auxilio, sobre todo cuando empezaron a incendiarse las patrullas militares y los de uniforme quedaron atrapados, devorados por las llamas.

Fue cuando llegaron los policías. Muchos se resistían. Tal vez una orden de que no se acercaran, quizá el miedo de acudir. Fueron siete los que se arrimaron y como pudieron ayudaron a los militares heridos, pidieron apoyo por el radio y llamaron a las ambulancias. Cargaron a los soldados, les dijeron aguanta bato. Todo va a estar bien. Ya viene la ayuda, tranquilo, tranquilo. Ya están a salvo. Se los llevaron al hospital.

El saldo fue de cinco militares muertos y varios heridos. También un socorrista lesionado. Bastaron unas cuantas semanas para que supieran de esa lista negra: son siete y los siete van a morir, uno a uno, trozados por las ráfagas filosas de la espada narca. Y así fueron cayendo. Cuando salían de turno, frente a sus familias, levantados y luego aparecieron ejecutados a tiros y torturados. Cuando tuvo la certeza de que lo esperaban en algún lugar dos, tres, cuatro o cincuenta balas, les dijo a sus amigos: sigo yo.

Trataron de calmarlo. El bote de cerveza tenía miedo, por eso temblaba en sus manos. Las papitas y los picadientes para pinchar el queso y las salchichas se le negaban, se movían o brincaban de plato en plato. No le voy a decir a la familia, no quiero que se preocupen. Trataron de calmarlo y se embriagaron. Él no pudo. A los días lo enviaron a cuidar una casa de seguridad. Sus días en el calendario eran números rojos.

Estaba ahí, parado. La mano en el arma y la vista de halcón. La vida no vale un cartucho y para él había varios. Desde un carro asomaron dos y le dispararon. A los días ejecutaron a otro y a otro.

lunes, junio 19, 2017

Cielo y Agua

Como uds. saben estimados 3 lectores, como buen matemático soy afín a la obra de Escher y hoy comenzando con mi jornada laboral o tedio laboral al revisar el libro de las caras, el Cheque compartió un interesante video, el cual comparto.




Debo confesarles que he tenido un poco de desidia con mis cursos en coursera, en particular pareciera que el curso de redes sociales y económicas ya no tiene parangón con lo que me emociona. ¿Será que me estoy volviendo viejo? Tonto de mi, como si ser viejo fuese motivo de algún sentimiento negativo, mejor dicho he andado muy flojo en términos intelectuales últimamente.

viernes, junio 16, 2017

What makes a good life?

¿Ustedes, estimados tres lectores, qué opinan al respecto? Me queda claro que como seres gregarios que somos es un hecho el placer que nos da el reconocimiento de nuestros congéneres más allá del dinero o la fama, en cierta forma el reconocimiento puede verse como resultado de estos otros tantos atributos modernos.


Domenico Cimarosa

Ya les he contado que uno de los programas que me gustaba mucho escuchar cuando el tráfico era una constante en mi camino de regreso de la oficina a mi cueva en el chilango era el de la otra versión. Ahora no hay programa, ni tráfico, mas no pierdo la costumbre de comparar versiones, en particular si se trata de la versión ejecutada con clavecín y la otra con piano forte. Las obras o mejor dicho la obra fue escrita por Domenico Cimarosa.



martes, junio 13, 2017

El cocodrilo

El cocodrilo
24 abril, 2017 por Javier Valdez

No le gustó la escuela así que huyó de ella y de la casa de sus padres. En la ciudad, andaba de vago y temerario, como buscando bronca por todos lados, piruetas en los cruceros, toreando carros y retando al sol. En una de esas pensó que no le iba a pasar nada. Se sintió invencible, más que nunca, y saltó sin fijarse al río de acero y ruedas de la avenida: un camión de pasajeros lo atropelló y los testigos dijeron que vieron cómo las ruedas le aplastaban la panza.

Pero él se levantó de ahí como si nada. Un tío supo y le dijo este güey tiene piel de cocodrilo. No le hacen nada las llantas. Por dentro se preguntó si tampoco le entraban las balas. Lo metió en su casa y le dio comida, lo apoyó y le dio dinero. Como andan en el negocio, en cuánto pudo le dio una pistola y le dijo eres bueno para los chingazos y muy entrón a la hora de las balas, a partir de hoy eres mi guarura.

Cuando agarró cierta experiencia en el manejo de armas y en las operaciones del tío, le encargaron que se hiciera de cinco o seis cabrones. Ellos van a ser tus subordinados. Ahora tú eres mi jefe de escoltas. Y para donde andaba el tío, andaban él y ellos. Le quitó a policías y soldados del camino, limpió las veredas de enemigos y eliminó espinas a las flores de ese jardín de polvo blanco y dólares. Ni la sangre llegaba a mosquear el edén del tío que también era de él. Traía troconas del año, con suspensión de miles y blindaje grueso. Las morras se le subían sin que él les cerrara el ojo y tenía mujeres para mañana, tarde y madrugada.

Un día les dijo tómense un descanso. Pero jefe, está cabrón ahorita. Nada, nada. Me voy a quedar solo. Voy al río, a probar las llantas en el lodazal y a cotorrear con unas plebes. Pero jefe. Cómo chingan. Váyanse a cotorrear. Se fue al río y arremangó con lodo y agua. Levantó polvareda y construyó nubes en las dunas. Rugió el motor y las llantas aguantaron la carrilla. En la tarde les dijo a las chavas, vámonos de antro. Una en las piernas y otra al lado, abrazándolo. Pisteaban tequila y cerveza. Los enemigos lo vieron. Viene solo, cuchichearon. Hicieron señas. Lo rodearon. Al tercer balazo les contestó con cinco. Tumbó a dos. Pero eran muchos. Las chavas brincaron. Otros clientes se tiraron al suelo. Unos encerrados en el baño, tras los sillones teiboleros o la barra, los meseros hechos bola en un rincón y los que habían permanecido en la pista quisieron tumbar la puerta a patadas. No pudieron.

Ya sumaba cinco balazos en el pecho, abdomen y en un brazo. Y les seguía contestando. Hijos de su pinche madre, aquí está su cocodrilo cabrones. Tras tras tras. Hasta que soltó el rifle y se quedó callado.

martes, junio 06, 2017

La lavadora

La lavadora
1 mayo, 2017 por Javier Valdez

El hermano mayor siempre andaba cuidándolo. Un paso atrás, pegado. Más cerca que la sombra. Así tenía que pasársela porque el menor era travieso, alocado y ocurrente. Su adolescencia le dolía hasta los huesos y quizá por eso brincaba y saltaba, se iba de vago con los de la cuadra y se encaramaba en las trocas cuando se trataba de ir a dar la vuelta.

Un día se le desapareció. Él quería que su madre dejara de tronarse los dedos y las palmas de las manos de tanto que lavaba. En el lavadero y a los lados, montones de ropa propia y ajena. El mayor trabajaba pero no podía con tanto gasto. El menor solo medía las calles y las banquetas, los centímetros de las esquinas: apedreaba el sol, calmaba los fuegos con Pepsi, mitigaba el hambre con torcidos o algún gansito, y lanzaba palabras que enervaban el viento de la tarde.

Ese día le ofrecieron un cigarro de mota. Ten morro, pa que te alivianes. Los de la cuadra se desaparecían y él sabía dónde estaban cuando no se juntaban en la tienda de la esquina. Atizó el gallito y se puso loco. Era la primera vez que ese humo denso llegaba a sus pulmones y al cerebro. Le botó la cabeza y sintió el pecho de acero. Voló, porque no sentía sus pasos, hasta donde se escondían los del barrio y ahí le ofrecieron cerveza gratis y más yerba. El jefe se le acercó y le dijo ei morro, vamos a hacer un jale. Es viernes santo y hay que tumbar verdes. Te doy mil dólares por cada guacho que tumbes. Le atoras o no.

Regresó a su casa, todavía con las alas puestas. Le dijo a su mamá madrecita, ya te voy a comprar tu lavadora pa que te cures las manos, pa que no te duela más la espalda. La señora lo vio como quien mira un ángel y le dio la bendición. Regresó con la banda y le dio el sí al patrón. Vamos pues. Pensó que era como tumbar monitos de plomo en los juegos de la verbena y ganarse un oso grande de peluche. Vamos pues. Pero todo fue llegar y empezó la tracatera. Él iba delante, en el primer convoy. Pum pum pum. Fue de los primeros que cayó. En la confusión y la tracatera unos huyeron y otros, los menos, atinaron a seguir enfrentando a los militares.

Él quedó en el monte, tirado y boca arriba. Encima, un cuerno de chivo todavía humeante. Los verdes lo vieron y lo patearon. Le preguntaron cosas que no entendía. Sintió frío y vio la sangre que corría. Balbuceó cuando lo levantaron para llevarlo al hospital, entre maldiciones e interrogatorios, antes de quedarse tieso, antes de que el sol muera y los gritos lejanos que apenas escucha se apaguen, repetía una y otra vez, ya con los ojos cerrados o entreabiertos: no podré comprarte la lavadora, mamá.

martes, mayo 30, 2017

24 horas

Veinticuatro horas
8 mayo, 2017 por Javier Valdez

En la cárcel él era el jefe. Lo respetaban y cuidaban. En su pedigrí de cruces, de ficha en la policía y el drenaje de lluvia roja, él tenía gordo el expediente y también los güevos. Y así lo presumía y gritaba, retaba y escupía, aunque fuera al viento. Pero se la sentenciaron. Le quedaban días en el penal y sus enemigos lo sabían. Vas a salir, cabrón. Acá, afuera, te esperamos: no pasarán veinticuatro horas para que bese a la calaca. Le vamos a dar fierro, de eso no se salva el güey.

No hizo caso. Entre las rejas, los módulos del penal, las carracas y hasta con los celadores, él tenía la guadaña y podía jalar del gatillo. Era el rey y sultán, patrón y príncipe, dios y el diablo: aire acondicionado en su celda, televisión de pantalla plana, doce teléfonos celulares, mujeres que pasaban por el pórtico de seguridad como cruzar la puerta del supermercado, drogas en la alacena y cartuchos en el horno de la estufa, el mercado local le rendía pleitesía y le mandaban tributo. Todo ahí pasaba por él.

Cuando llegó la hora de salir le hicieron una fiesta. Le decían jefe para acá y jefe para allá. Patrón esto y aquello. Había banda y unos chirrines, mujeres vampiro y polvo en charolas. Lo abrazaron fuerte, le palmaron la espalda y apretaron su mano. Viejón, a sus órdenes. Usté manda. Le desearon lo mejor porque al día siguiente saldría por la puerta grande, libre de todos los cargos, limpio el expediente manchado. A su paso, con una maleta al hombro, los polis se le cuadraban y hasta el director de la policía fue al pasillo a desearle suerte. Él agradeció, bajó de la alturas y miró condescendiente, hizo reverencias y sonrió por gratitud y cortesía.

Fueron por él en dos blindadas. Otra vez jefe para allá y jefe para acá. Sus hijos, ya adolescentes, lo rodearon con abrazos y su mujer lo colmó de besos. En la casa había una comilona y la tambora. Llegó y le tocaron una diana y todos se pusieron de pie y le aplaudieron. Ídolo y campeón mundial. Patrón y jefe siempre. Amigos, parientes, vecinos y compinches lo recibieron como jeque mundial de la muerte. Se sentó en la silla grande, poltrona fija y con descansabrazos anchos: escarféis de la Díaz Ordaz, en sus aposentos y con el control de la fiesta, música, comida y bebidas en sus manos, como quien cambia de canal la tele.

Llegó la noche y la madrugada. Mujer, quiero descansar. Lo llevaron a su recámara y se acostó. Su mujer acurrucada a un lado, abrazándolo. A media mañana tocaron la puerta. Era un primo que preguntó por él. No quiso pasar así que él salió a recibirlo. Muy querido por todos, no vieron el veneno entre cejas. Tras él entraron cuatro y le dispararon a quemarropa. Te dije, puto. Te dimos veinticuatro horas.

lunes, mayo 29, 2017

Un poco más de Giacomo Facco

Ya había hablado, mejor dicho había mencionado a Giacomo Facco y me gustaron sus conciertos "italianos".


La semana y algunas óperas en castellano

En realidad no es que esta semana haya empezado a escucharlas, la púrpura de la rosa, ya la había escuchado, incluso tengo la grabación de Garrido, mas todo surgió el sábado mientras trabajaba un rato resolviendo unas dudas de mi hermana sobre números complejos y traía en mente una rola de Handel, cuando di con la música de la coronación que escribió, luego pensé que era demasiado anglofílico, cosa que de por sí ya alucino por el país donde radíco, algunos procesos de la oficina, los cursos y mi coco. Así que en un arrebato castellanista busqué la rola de viva Felipe rey, que es una pequeña sección cantada en la púrpura de la rosa y en ese surfear por la red de redes di con una versión en vivo de la ópera de Torrejón, la zarzuela "Salir el amor del mundo" de Sebastián Durón y Giacomo Facco con las amazonas de España.








martes, mayo 23, 2017

Henrico Albicastro

Y para tener un poco de concentración experimenté escuchando la interesante música de Henrico Albicastro


Malayerba

A manera de homenaje a Javier Valdez, periodista abatido, publicaré cada semana sus diferentes entradas de malayerba.

Te van a matar
27 marzo, 2017 por Javier Valdez

Se lo decían los amigos, los familiares, los compañeros del gremio. Cabrón, cuídate. Estos güeyes no tienen madre. Son unos malditos. Pero él seguía escribiendo críticas y denuncias en su columna, en uno de los diarios de la localidad: apedreando con sus teclas, sus palabras, el ejercicio del poder político, la corrupción, la complicidad entre criminales y servidores públicos, la policía al servicio de la mafia.

Tenía varios años como reportero y suficiente experiencia para hacer trabajos de investigación. En la región sobraban los temas, pero todos los senderos, escoltados de plantas con espinas, conducían a la pólvora incendiada o en espera del gatillo, las miradas densas y vidriosas de los jefes, los callejones que pueden sacar de apuros y que no tienen salida, las calles que solo conducen a un humo caliente, que se levanta y baila con el viento, después del pum pum.

Pero él tenía en el pericardio un chaleco antibalas. La luna en su mirada parecía un farol que aluzaba incluso de día. La pluma y la libreta eran rutas de escape, terapia, crucifixión y exorcismo. Escribía y escribía en la hoja en blanco y en la pantalla y salía espuma de sus dedos, de su boca, salpicándolo todo. Llanto y rabia y dolor y tristeza y coraje y consternación y furia en esos textos en los que hablaba del gobernador pisando mierda, del alcalde de billetes rebosando, del diputado que sonreía y parecía una caja registradora recibiendo y recibiendo fajos y haciendo tin en cada ingreso millonario.

Los negocios en la agenda de los mandatarios eran su tema preferido. Cómo sacaban provecho de todo y la gente jodida en las calles, donde la indigencia crecía como la basura y se adueñaba de banquetas y esquinas, los prostíbulos estaban sobrepoblados y en los hospitales sobraban enfermos pero no había camas ni médicos. Eso sí, las cárceles hacinadas y el imperio del humo, de la nube negra tapando el cielo estrellado, colmaba las cabezas de los habitantes de la región: enfermaba, pero no hasta la indignación. Y en eso él, de plano, no cejaba ni cedía. Ni madres, repetía. Y se ponía a escribir.

Una denuncia había puesto en el ojo del huracán a uno de los legisladores. Él se unió a quienes criticaron su poderío y sus lazos con las cumbres del poder político, económico y criminal. Fueron pocos los detractores y casi ninguna pluma, pero no se quedó callado. En el feis publicó una de esas fierezas, de palabras valientes, y le dijeron güey, bájale. Estos cabrones te traen ganas. Te van a matar. Él contestó Ba. No me hacen nada. Me la van a pelar.

Pasaron tres horas después de esa publicación en redes sociales cuando lo alcanzaron y le dispararon, de cerca para no fallar.