Acá en rancho feliz, digo Tepic, los martes y los jueves a veces hay cierta rutina que rompe mi estancia en la cueva en la que vivo, justo por que esos días vamos a comer a la casa de la suegra. Es en ese cambio de rutina en el que haciendo uso de cierta aplicación de choferes que tengo la oportunidad de conversar y se me hizo curioso este día, por que me tocaron dos que se llamaban Alejandro, un mancebo de ida a la casa de la suegra y un hombre en su cuarto piso rumbo a la fisioterapia.
El de ida en sus tiernos veinte años me platicaba sobre como había tenido éxito vendiendo Royal Prestige por algún momento y por que hablaba de que tenía más clientes en Puerto Vallarta que en Tepic me confundí con que trabajaba para Royal Caribbean, pero ese alucín de mi lado se disipó cuando habló de enceres domésticos. El chaval también contó, al enterarse de mi profesión, que el había empezado a estudiar programación por su padre quien fue técnico en programación y que trabajó desarrollando algunas de las páginas web de los municipios de Nayarit, pero que pues vinieron las deudas y que tuvo que dejar la escuela. Este isonómico me recordó a mi persona cuando tenía su edad y fue justo a los 20 que por problemas económicos tuve que dejar casi un año la universidad también. Le dí ánimos, mas no vacuos, pues le conté mi historia y lo difícil que es agarrar de nuevo el ritmo, pues muchas veces no solo uno es individuo, sino también grupo, el grupo de estudio con amigos genera un intercambio de ideas muy interesante y a veces muy útil para no atorarse en especial con carreras complejas como matemáticas. También en esos 20 y para sentirme útil dentro del aspecto universitario fue que además de trabajar decidí entrar a El Supuesto a escribir y en cierta forma estar cerca del ITAM, aunque no estuviera matriculado. Al morrillo también le dije que aprovechara la era en la que vive, pues todo está en su palma y refinado, no es lo mismo hace 20 años, bueno 25 años siendo honesto, que hoy donde una IA puede hacer muy buena labor de búsqueda y de explicación. Pero cada era su reto y la distracción en esta está al orden del día. En algún momento cerrando el viaje me dio ternura el morro y me vi casi tentado a decirle que si quería le daba clases gratis de programación. Quizás es algo que debería hacer, ahora que estoy desempleado.
El de rumbo a la fisioterapia fue un espejo de mi edad y me sentí halagado, el Alejandro daba la finta de ser de costa o de algún municipio cálido, obviando que fuera más moreno, pero es la manera alegre y dicharachera la que nos da un hint. El hombre empezó a hablar y no recuerdo exactamente de qué, mencionó que tenia 43 años y que yo me veía joven, como de unos 38, yo le dije que se sorprendería entonces al saber que era mayor que él, pues tengo 45 y de ahí se soltó a decir que le dedico mucho tiempo al "bar" y lo pongo entre comillas por que eso fue lo que entendí, seguimos conversando y yo le dije que pues sí los desvelos y el beber alcohol en el bar le pegaban al cuerpo y al rostro. Mas cuál fue la sorpresa cuando el aclaró que era "mar", torpe de mi por no entender bien el alegre castellano de la costa del Pacífico, y lo que me sorprendió más fue que el señor se dedicó por 18 años a vivir la vida en un atunero de Mazatlán. ¿Cuantas veces comemos atún en lata que viene de Mazatlán y nunca nos imaginamos como se pesca? Así Alejandro Alexis Medina Medina me mostró su credencial de pescador y me platicó de la envergadura de los barcos, de que se la pasaban 3 meses en altamar, que tenían un pequeño helicóptero con el cual avistaban y buscaban cardúmenes de atunes y como un accidente que le fracturó el pié acabó con su carrera de 18 años. Dicho accidente lo pensionó y ahora conduce un auto compacto buscando cardúmenes de humanos para llevarlos a sus destinos. Bueno es un decir y desafortunadamente llegamos al destino, me quedé con mucha curiosidad de escuchar sus historias y de los especímenes exóticos de altamar, todavía en su manera dicharachera hizo la broma de que no, no había sirenas si eso le iba a preguntar, unas cuadras antes de mi destino. Por un momento pensé en preguntarle su número y que si aceptaría un ballenón Pacífico para contarme más sobre sus historias y escribir, pero mi parte taimada lo consideró quizás inadecuado.
Sin duda me gusta escuchar las historias de los conductores, mientras me llevan a mi destino, es muy raro que autistée en el celular o en un libro. Las coincidencias de tocayos hoy me obligaron a plasmar en bytes las ideas. Por cierto ando un poco lastimado del tendón de Aquiles. ¿Será la Odisea de llegar a un empleo?
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